El instinto depredador

Los albiazules celebran el tanto en Anoeta. /Blanca Castillo
Los albiazules celebran el tanto en Anoeta. / Blanca Castillo

El Alavés cumple al dedillo con su decálogo para bloquear a la Real y despide el año en puestos europeos

Iñigo Crespo
IÑIGO CRESPO

El Alavés es un cazador experto disfrazado de presa vulnerable. Se coloca frente al espejo y repite para sí mismo que es un equipo humilde y limitado hasta creérselo. Es entonces cuando se siente ante la necesidad de rebelarse contra un rival más poderoso y aflora su capacidad de supervivencia. Se alimenta de la propuesta futbolística de su adversario, la analiza, la anula y la devora. Es puro instinto depredador. La Real se encontró con el partido que esperaba; la tropa de Abelardo, con el que deseaba. Dejó que los donostiarras se adueñaran de la pelota, que le ganaran terreno, para después embestirlo de golpe con un cabezazo de Jonathan Calleri. Y desde entonces no le concedió nada. Es el decálogo del equipo milagro, que comenzó el año asfixiado y lo despide afónico y en Europa.

El conjunto albiazul por fin se sintió cómodo desde el inicio, algo que no sucedía desde hace casi un mes. Y no es porque la Real no tuviera talento o armas. Posee un arsenal de piezas de coleccionista, aunque uno empieza a dudar de su utilidad, porque hace tiempo que no disparan. Los vitorianos dieron un paso al frente y buscaron a su contrincante, incapaz de superar las líneas con comodidad con la pelota. Estaba nervioso, le temblaban las piernas y la atmósfera le pesaba. El Alavés estaba en su fiesta preferida.

0 Real Sociedad

Moyá; Aritz, Moreno, Llorente, Theo (Bautista, min. 89); Illarramendi (Merino, min. 71), Zurutuza; Januzaj, Willian José, Oyarzabal y Juanmi (Barrenetxea, min. 85).

1 Alavés

Pacheco; Duarte, Maripán, Laguardia, Ximo Navarro (Martín, min. 81); Jony, Wakaso, Sobrino (Manu García, min 73), Pina; Calleri y Borja (Ibai, min 66).

Árbitro:
Estrada Fernández (Comité Catalán). Amonestó a Zurutuza, Merino, Pina, Wakaso, Duarte y Maripán.
Goles:
0-1, min. 10: Calleri.
Incidencias:
22.431 espectadores en el estadio de Anoeta en una noche con temperatura muy agradable.

Los albiazules apenas tardaron cinco minutos en sacar los cuchillos. En ello andaba Jony, el más audaz en la presión a la Real, y que lanzó el primer aviso con un carrerón en el que se le anticipó Moyá. El asturiano, cuyo brillo había perdido intensidad en las últimas semanas, se lo pasó en grande ante la defensa guipuzcoana, que le abrió una autopista sin peaje. No encontró un solo candidato a aceptar el reto del velocista albiazul. Ni Illarra, ni Aritz Elustondo, ni Diego Llorente pudieron siquiera perseguirle. Los vitorianos encontraron numerosos espacios, un tesoro que el Athletic y el Atlético le negaron con un disciplina espartana.

Los cuatro atacantes albiazules intercambiaron sus posiciones en un juego diabólico que resultó ininteligible para Asier Garitano y sus defensas en los primeros minutos. Todo era imprevisible en los dominios de los blanquiazules, hasta el punto de que Borja Bastón apareció por la banda izquierda y le colocó la pelota en la cabeza a Calleri como un maestro pasador. Al ariete madrileño le habría encantado cazar ese caramelo inflado, pero este llevaba el nombre del argentino, de nuevo implacable.

No es que el Alavés estuviera en pleno 'show' futbolístico, porque más allá de esos dos acercamientos no intimidó demasiado. Es más, solo una internada de Rubén Duarte hasta la línea de fondo que acabó rechazado por la defensa realista y rebotó en la cara de Sobrino evitó un monólogo local. La cuestión era que el Alavés más esencial, ese que actúa como un vampiro en defensa y tiene la precisión de un halcón en ataque, había vuelto.

Los de Abelardo ni siquiera tuvieron que invocar a la versión divina de Fernando Pacheco, al que apenas perturbaron con dos disparos que fueron directos a su cuerpo. El primero fue de Theo Hernández, que aún no ha entendido que el fútbol consiste más en buscar a un compañero que en eludir a los rivales mientras corre desbocado; el segundo, de Juanmi tras una pérdida macabra de Wakaso. El Alavés seguía a lo suyo, con algún cortocircuito inexplicable como la patada tardía de Borja Bastón a Diego Llorente, pero sin sufrir demasiados agobios.

En busca del equilibrio

Abelardo llevaba días insistiendo en que debía encontrar el equilibrio entre la pegada mortífera de las primeras jornadas con la solvencia defensiva de las últimas. Y, pese a lograrlo, no llegó a fiarse. La Real llegaba a cuentagotas con Januzaj, al que le sonó el despertador en el vestuario, y Willian José. El belga obligó a Pacheco a irse al suelo y realizó un excelente centro al brasileño, que cabeceó desviado. El Pitu se temió la remontada, y más cuando el Alavés no daba señales de vida en el área de Moyá. La única excepción la protagonizó Calleri, que se estrelló con el portero tras una cabalgada de Jony. Así que recurrió al trivote para cerrar todas las vías a los guipuzcoanos. La apuesta fue exitosa en el resultado final, aunque puede que le obligara a sufrir en exceso. El suspiro generalizado después de que el VAR librara a Maripán de un penalti interpretable fue solo el prólogo.

El Alavés bloqueó a la Real con un muro sólido, pero un tanto frágil ante el talento cuando apareció el desgaste. Januzaj buscó grietas y se las ingenió para realizar un centro precioso a la cabeza de Oyarzabal, que remató asustado. Es lo peor que le puede suceder a un atacante. Los albiazules contuvieron el aliento hasta el descuento, cuando una falta amenazó el broche de oro a un 2018 trepidante, que tuvo drama al inicio, alivio en el intermedio y éxtasis en su desenlace.

 

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