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ALAVÉS
Dieciséis años después del ascenso de Jaén, el Alavés retoma el pulso a una promoción a Segunda El anterior asalto le llevó cinco temporadas de ilusión en la Liga y desencanto en la liguilla definitiva
20 de mayo de 2011
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A remojo en La Victoria
Toni, Aitor Arregui y Serrano se abrazan a Txutxi Aranguren en la piscina anexa al campo de La Victoria, en Jaén, donde el Alavés ascendió a Segunda en 1995. :: JAVIER MINGUEZA
JOSÉ ÁNGEL MARTÍNEZ VIGURI | VITORIA..-

Aunque no lo parezca, el Alavés es un astuto y viejo zorro en esto de combatir en fases de ascenso a Segunda División en su doble modalidad. Porque antes de que se instaurara el actual sistema de eliminatorias -se estrenó en 2005-, mucho más apasionante, que premia a los campeones de cada grupo con una doble ronda directa, antes la pelea por subir se batía a cobre en cuatro lotes de otros tantos equipos para una liguilla sin cuartel a seis jornadas. He aquí donde el ilustre vitoriano tiene mucho que contar a su gente. Le da para otro libro, al estilo del de la final de la Copa de la UEFA en Dortmund.

Vaya por delante un dato revelador de la experiencia ascensora (o también frustrada) del Alavés nonagenario. La que se avecina es su sexta participación en una fase de ascenso desde que en 1990-91 se constituyó el modelo de promoción a Segunda. Antes escalaba por la vía rápida el campeón de cada grupo de su versión devaluada, la B. Es el 'Glorioso' en este tránsito el noveno club con más larga trayectoria en estas lides de entre los 124 que en alguna ocasión se han visto envueltos en el embrollo de alargar la Liga de bronce unas semanas para catar el éxito con el final de la campaña. La palma se la lleva el Barakaldo, hoy de Tercera División, con nueve promociones a sus espaldas.

Al Alavés le costó antes cinco intentos, entre 1991 y 1995, dolorosos intentos, pero «¡por fin!», como titulaba EL CORREO, el 21 de junio, miércoles, regresaba a Segunda a cientos de kilómetros de Vitoria, en Jaén, en la lejanía, lo que ha venido a ser una costumbre en su azarosa vida futbolística. Fue tal la angustia contenida que cuando se desató el festín jiennense, el alavesismo protagonista se puso bien a remojo en la piscina anexa al campo de La Victoria. Inmejorable denominación para un desafío cumplido.

Al agua del cubilote fueron el entrenador, Txutxi Aranguren, recientemente fallecido, arrojado por jugadores; Aitor Arregui, Toni, Serrano, Álex... Y cuantos quisieron hacerlo se zambulleron en una noche calurosa en Jaén y después de un encuentro infame, entregado malamente por el Alavés, a cuya llamada habían respondido fieles de siempre, unos 200 seguidores trasladados desde Vitoria, con una esperanza que estuvo a punto de truncarse y aplazarse ese anochecer laborable.

Estaba hecho

Pero aquel Alavés ya lo tenía hecho de antes. Había llegado a las dos últimas jornadas de la promoción, ambas contra el Jaén, a ida y vuelta (en Mendizorroza), a falta de un raquítico punto para subir. O de ninguno si Las Palmas, su único oponente con vida, no sacaba los seis aún en disputa. Ocurrió lo segundo, lo ajeno. Perdió el equipo albiazul -aquella vez de granate- por 3-1 en La Victoria y el dichoso transistor, cuando el primer intento albiazul se consumía, radió desde Santa Coloma el empate in extremis del Gramanet contra Las Palmas (2-2). El Alavés ya era de Segunda División. ¡Por fin!, como el titular.

Lo era al cabo de noventa minutos de infarto y peor juego, pésimo fútbol, mejor dicho. Antes de la hora de encuentro ya perdía por 2-0 con el Jaén y, aunque Lasheras recortó la distancia en el 80, seis minutos después Chumilla sentenciaba la contienda con un penalti provocado por el portero Tito, expulsado. Con diez hombres sobre el campo y sin argumentos ni tiempo para la remontada, el Alavés se encomendó así y en la distancia a la 'Grama'.

La radio dio la buena nueva, la del ascenso, y la plantilla vitoriana, al borde de un ataque de nervios, se alivió con el empate entre los enemigos y se puso a hacer la trainera sobre la hierba ante la atenta mirada de un Juan Arregui enfadado. «Me hubiera gustado ganar o empatar aquí», reclamó el querido expresidente albiazul. El mismo que recordaba el anterior asalto de la entidad del paseo de Cervantes a Segunda, hacía veinte años, en 1975, el 'comprado' en Las Margaritas de Getafe.

Lo de después en Jaén fue un choteo continuo. Del vestuario de La Victoria se trasladó al hotel y a la cena, salió a las calles y a los pocos 'garitos' abiertos de Jaén y acabó a altas horas de la madrugada en otra piscina, ésta privada, la de una comunidad de vecinos, alguno de los cuales, despertado por el alboroto, llamó a la Policía Nacional. Una patrulla buscó por la recepción de donde se alojaba la expedición albiazul algún mojado, y lo encontró, pero hizo vista gorda. El agente en cuestión había estado destinado en Vitoria en los años difíciles, los de las huelgas, los de los tristes sucesos del Tres de Marzo de 1976, y conservaba simpatía por un Alavés que entonces mandaba en Segunda.

De lágrima en lágrima

Al día siguiente, resacoso, el equipo regresó a casa, aunque acabó recluido en un hotel de Villabuena de Álava para alejar a los jugadores del bullicio previsto para el domingo 25 de junio en Mendizorroza. Esa tarde, el graderío, a reventar; el Jaén, haciendo el pasillo y el Alavés, campeón y de Segunda. Como fue recibido el lunes, aclamado en la plaza de la Virgen Blanca, en un recibimiento apoteósico al que con los años seguirían más, en albiazul y también para el Baskonia. Gorriarán, que había debutado con el equipo meses antes en el barrizal de Ciñera de Gordón, campo de la Hullera Vasco-aragonesa, un lugar de otro tiempo, adivinó el futuro. «En dos o tres años jugaremos ante el Real Madrid y el Barcelona». Y así fue pues en agosto de 1998 el Alavés estaba en Primera.

Pero antes de tantas sonrisas y abrazos, el 'Glorioso' había pasado las de Caín en las promociones a Segunda. Cuatro fallidas. O la estropeaba el Compostela, o el Badajoz, o el Toledo, o el Getafe. No había manera de que la tropa alavesa, cientos, miles de albiazules comandados por 'La Paca' en la grada, o por 'Compa' en la caseta, diera con la tecla del ascenso. El equipo perdía cuando debía ganar. Lloraba. Ahora, nos queda un Alavés renovado aunque dolorido y que dieciséis años después lo vuelve a intentar con su gente de ayer y de hoy.

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