Integrantes del orfeón del Seminario vitoriano en la década de los 20 del siglo pasado. / archivo municipal de vitoria/enrique guinea

Historias en albiazul

Alavesistas con sotana

Santiago de Pablo
SANTIAGO DE PABLO

Al principio de su historia, el Deportivo Alavés tuvo tres jugadores (Latierro, Ramos y Olalde) que estudiaban en el Seminario de Vitoria. Dos de esos seminaristas terminaron siendo sacerdotes. Fueron Carlos Ramos Sáez de Castillo y José Olalde Añibarro, nacidos ambos en Vitoria en 1899 y ordenados en 1923. Su paso por el club albiazul fue breve, pues solo formaron parte del mismo en su primera temporada (1921-22). Aquí coincidieron con otros pioneros como Luis Apraiz Buesa, Félix Díaz de Espada, Francisco y Jesús Castresana Peciña, Álvaro Vidal-Abarca, Carmelo Valdecantos, Santiago Lorente Buesa, Indalecio Fernández, Modesto Echevarría o Jacinto Quincoces.

Ramos, que ya había sido vocal del Sport Friend's, jugaba de portero y Olalde, de delantero. En el encuentro disputado contra el Vitoria Sport el 1 de septiembre de 1921 «jugaron estupendamente», contribuyendo al claro 12-0 que el Alavés endosó a un once formado por algunos de los apellidos más conocidos de la ciudad (Elío, Alfaro, Zulueta, Iradier, etcétera).

Posiblemente, los dos seminaristas dejaron el club tan pronto al ordenarse de diáconos (un paso previo al sacerdocio), pues se consideraba que el fútbol era incompatible con su condición clerical. No obstante, Ramos tuvo después algún contacto indirecto con el Alavés. Ofició, por ejemplo, la boda de Jacinto Quincoces en el santuario de Estíbaliz, sin duda debido a su relación en el terreno de juego con el gran defensa albiazul. Más tarde, Ramos trabajó en la parroquia de San Miguel. Falleció el 7 de noviembre de 1947, con solo 48 años.

José Olalde Añibarro y Carlos Ramos Sáez de Castillo.

Más trágico fue el recorrido vital de José Olalde que, después de llegar al sacerdocio, ejerció de capellán del Hospicio de Vitoria y colaboró en la atención espiritual del Colegio de los Corazonistas. Aquí fue capellán su hermano Gregorio, uno de los sacerdotes que bendijo el campo de Mendizorroza el día de su inauguración en 1924.

Tras el fracaso de la sublevación que dio origen a la Guerra Civil, muchos alaveses se unieron como voluntarios a las unidades carlistas que luchaban contra la República, tratando de tomar Madrid. José Olalde también se incorporó pero en su caso lo hizo como capellán de requetés. El 13 de agosto de 1936 celebró misa en Robregordo, un pueblo situado en la retaguardia, al sur de Somosierra. Acababa de administrar el bautismo a un recién nacido cuando un avión republicano bombardeó el pueblo, hiriendo a varias mujeres, al sacristán y al propio Olalde, que murió poco después.

Según un testigo ocular, que respondía así a la propaganda republicana que aseguraba que los capellanes del bando sublevado portaban armas, falleció «sin el odio en el corazón, con la palabra de perdón en los labios, sin un arma en sus manos; pues el sacerdote no puede, no lleva arma alguna a los campos de batalla, sino el crucifijo, el rosario y el breviario; y ha caído dentro de la iglesia, de la parroquia de Robregordo; es decir, al pie de su cañón».

Un capellán requeté, en misa de guerra. / F. de maíz/Gobierno de navarra

Las circunstancias de su muerte hicieron que sus honras fúnebres en Vitoria se convirtieran en una multitudinaria manifestación de duelo, en la que se mezclaron -como era habitual entonces- lo político y lo religioso. Desde una perspectiva distinta, su caso recuerda al de José María Korta, un capellán de gudaris muerto en Asturias, que fue objeto en Bilbao de un solemne servicio funerario, presidido por las autoridades del Gobierno vasco, en 1937.

En el caso de Olalde, el obispo Mateo Múgica, que dos meses después sería expulsado de España por los sublevados, al ser acusado de nacionalista vasco, resaltó que era «un ejemplar sacerdote», que servía «a aquellos que pelean por Dios y por España». A la vez, volvió a recalcar que no había muerto «en el fragor de la lucha, entre el tablero de las ametralladoras, en medio del estampido del cañón», sino cumpliendo sus tareas espirituales. En ese momento, la prensa no resaltó su pasado albiazul, pero sin duda más de uno recordaría ese detalle de la vida de Olalde, cortada de raíz por culpa de la guerra.