José Ignacio Urbieta Egaña.

Fútbol, gigantes y cabezudos

Santiago de Pablo
SANTIAGO DE PABLO

La centenaria historia del Deportivo Alavés es una caja de sorpresas. Algunos de estos relatos sorprendentes se encuentran en la vida de las personas que la han protagonizado. Es el caso del futbolista guipuzcoano José Ignacio Urbieta Egaña (Deba, 1915-1999), que perteneció a la disciplina alavesista a partir de 1940. Posteriormente pasó a la Real Sociedad, con la que llegó a jugar en Primera, retirándose del fútbol activo como jugador de Osasuna. Tuvo también una larga trayectoria como entrenador. Dirigió al once donostiarra de 1951 a 1955 y después entrenó al Murcia, Las Palmas, Baracaldo, Tenerife e Indauchu.

Pese a esta larga y fructífera carrera, si se busca su nombre en Internet no solo aparece su faceta deportiva sino también que fue, en palabras de Carmelo Urdangarin, «un artífice dotado de notables capacidades creativas que también fabricó gigantes y cabezudos». En efecto, tras retirarse del fútbol, se centró en la actividad artística, restaurando por ejemplo la sacristía de la iglesia de Deba y la cúpula de la parroquia de Berriatua.

Pero sobre todo «intensificó su actividad como fabricante y restaurador de gigantes y cabezudos desde finales de la década de los años ochenta del siglo XX, utilizando básicamente las técnicas tradicionales, aunque su permanente afán innovador le llevó en los últimos años al empleo también de fibra de vidrio». Aunque no existe un catálogo completo de sus obras, diseño, fabricó y reparó estas y otras figuras festivas (como el Gargantúa) para los Ayuntamientos de Bilbao, San Sebastián, Mondragón, Lekeitio o la propia Deba. Casado con María Teresa Egaña, fue padre de una numerosa prole.

Desconocemos si Urbieta realizó algún trabajo en Vitoria, donde en 1917 había salido a la calle la primera comparsa de gigantes y cabezudos, costeados por suscripción popular. Más tarde se fueron renovando y añadiendo nuevas figuras. Precisamente en 1943, cuando el protagonista de esta historia acababa de abandonar el Alavés, se incorporaron cuatro gigantes que encarnaban a los reyes de la baraja, donados por naipes Fournier.

Quizás ajeno a estas cuestiones, se desarrolló la vida deportiva de Urbieta en Vitoria. Su primera temporada (1940-1941) fue muy buena para el Alavés, que logró el ascenso a Segunda. El club había reconstruido en parte su once con jugadores profesionales, «dentro de las posibilidades económicas». Urbieta tenía ese año ficha de futbolista amateur, pero jugó un papel importante. Por ejemplo, tras un partido contra el Logroñés en Las Gaunas la prensa lo definió como «magnífico en todo momento, pletórico de juego y esplendoroso conductor de la línea de ataque vitoriana».

En 1941-1942 el Deportivo volvió a hacer una buena campaña, ocupando el tercer puesto de su grupo de Segunda, empatado con el Zaragoza, que tenía mejor golaveraje. El último encuentro fue precisamente contra los maños en Torrero, pero estos hicieron «el mejor partido de la temporada» y derrotaron 5-3 a los babazorros. De haber superado al Zaragoza en ese choque, el Alavés hubiera disputado la promoción a Primera.

También este año Urbieta fue clave en el buen hacer albiazul. Jugó trece de los catorce partidos de Liga y en ocasiones, como sucedió contra Osasuna, fue «el mejor jugador vitoriano y el medio centro que necesitábamos». No faltaron sin embargo contratiempos. Por ejemplo, con ocasión de un encuentro contra el Gerona, la prensa local escribió: «Urbieta estuvo desconocido, con muy poca confianza en sí mismo. ¡Hay que decidirse, Urbieta! Otras veces el alma del equipo, no pudiste ayer, pese a tu buena voluntad, servir de acicate y ejemplo a tus compañeros».

Pero, como siempre, el carácter de club vendedor del Alavés se notó a final de la temporada, cuando algunos de sus mejores hombres marcharon a otros equipos. Fue el caso de Arana, que fichó por el Barcelona, de Arza, que recaló en el Málaga, y del propio Urbieta, que pasó a la Real, poniendo fin a su etapa albiazul.