Deportivo Alavés en el año 1927. / FAMILIA ERRASTI

¿Un brebaje mágico?

Santiago de Pablo
SANTIAGO DE PABLO

El partido entre el Alavés y el Athletic, disputado en Mendizorroza en diciembre de 1927, se esperaba con un interés inusitado. El equipo vitoriano logró un valioso empate, pese a que no pudo contar con dos de sus mejores hombres, Quincoces y Errasti. La prensa se ocupó de las causas de este buen papel y entre ellas mencionó una que dio lugar a una sonada polémica.

En efecto, al día siguiente del partido el diario vitoriano La Libertad publicó que el buen resultado era debido en parte a un brebaje que habían tomado los jugadores babazorros. Según el periódico, «algunos técnicos y algunos críticos del foot ball –no todos– acusan al equipo vitoriano de falta de energías para sostener briosamente la lucha hasta el fin. Dicen que el primer tiempo lo hacen siempre mejor que el segundo, derrochando en él su vigor físico, para no recobrarlo ya después del descanso. Pues bien. El doctor en medicina don Ángel Garaizábal, vocal de la Directiva del Deportivo y muy entusiasta del once que en el campo lo defiende, y el acreditado farmacéutico don Ángel Llamas, puestos de acuerdo, idearon y prepararon una fórmula que, tomada a cucharadas, dos horas antes de comenzar el partido, podría conseguir –y lo consiguió– que los jugadores se mantuvieran en los últimos momentos con la misma frescura, tesón y entusiasmos, y tan exentos de fatiga como cuando en la caseta cambiaban sus ropas corrientes por las de pelea».

La Libertad no achacaba todo el triunfo al bebedizo, pues reconocía que tanto este como «el amor propio de los jugadores en el encuentro de más empeño, lograron que, sin Quincoces y sin Errasti, el Athletic, el formidable once bilbaíno, tan lleno de gloria, no pudiera vencer en el porfiado, interesante y tenaz empeño». Además, no había acusado de nada ilegal a los facultativos implicados, pues esa «fórmula» podía ser algo semejante a una bebida isotónica actual. Sin embargo, se había arrojado una sombra de duda sobre la profesionalidad del médico y del farmacéutico, y sobre la honestidad albiazul. Hay que recordar que fue precisamente en 1928 cuando por primera vez una federación deportiva internacional, la de atletismo, prohibió expresamente el doping, calificado como «el uso de cualquier estimulante no empleado normalmente para incrementar el poder de acción en una competición atlética por encima de la media».

De hecho, la reacción no se hizo esperar. Los dos profesionales acudieron al periódico para hacer ver «algunos escrúpulos» que tenían. La Libertad reaccionó publicando una aclaración, en la que se decía que Llamas y Garaizábal reconocían haberse ocupado «con el mayor cariño y entusiasmo de estudiar científicamente una fórmula que evitase el agotamiento muscular», pero que esa no era la causa del éxito del Alavés. Por encima «de cuantos beneficios científicamente hayan podido ellos aportar con la fórmula química, está el indiscutible valor de todos y cada uno de los jugadores», que debían mucho a «su entrenamiento, a su habilidad, y a su formidable juego y amor propio». Así, algunos jugadores, como el portero Beristain, no habían tomado «la preparación» y sin embargo habían jugado asombrosamente bien.

No contento con esta rectificación, al día siguiente el doctor Garaizábal envió una nota a La Libertad alegando que «solo el vigor, juventud, entusiasmo y el gran cariño que a su Club tienen nuestros jugadores consiguió este resultado (…). No existe medicación alguna que pueda compararse al brío y buen juego de nuestro equipo. Ellos lo hicieron todo, influyendo como excitante el cariño y aliento del público». También la directiva del Alavés sacó una nota, desmintiendo una noticia que «restaba méritos a la valía de nuestros jugadores» y uniéndose a la «enérgica protesta» de Garaizábal.

La Libertad no se arredró y, tras publicar ambas rectificaciones, recalcó que nunca había querido criticar a los futbolistas, pues «las cucharadas» no eran un sustitutivo de su valía. El periódico mostró su «disgusto» ante la actitud del Alavés y concluyó –con un punto de exageración– que, ante actitudes como esas, «lo peor que puede hacer un ciudadano en la sociedad es dedicarse al periodismo».