Sobria y emotiva despedida

Sobria y emotiva despedida

Pese al discreto espectáculo futbolístico que se vio en Mendizorroza, el Alavés cerró su notable campaña con una digna victoria que le sitúa décimo

Iñigo Crespo
IÑIGO CRESPO

Ni el escenario presentaba su aspecto más distinguido ni el espectáculo que albergó fue espléndido, pero nada impidió que el Alavés brindara a Abelardo y su hinchada la despedida que merecían. Es más, resultaba inevitable ver en el ajustado y merecido triunfo de los albiazules sobre el Girona una representación alegórica de una era que acaba de tocar a su fin. El equipo vitoriano no se caracteriza desde luego por su juego de salón, por momentos de belleza estética; pero sí por un poder abrumador de transmitir emociones. Lo hizo cuando salió disparado del ataúd el día de su entierro, precisamente ante en Girona, y después con su capacidad de generar asombro a cada semana en todo el universo futbolístico, con más de medio año en puestos europeos, breves flirteos con la Champions y hasta un fugaz liderato. Era como colarse en una fiesta de gala en zapatillas de casa y sin hacer ruido. Y fue justo así como concluyó la temporada: con una ceremonia íntima, que desde la distancia no parecerá significativa por tratarse (de momento) de la décima plaza, pero que poseía una inmensa carga emotiva acumulada.

Es obvio que el cartel de la cita había perdido glamour, porque al Alavés se le cayó el caramelo cuando ya lo había desenvuelto. Que ni el tiempo ni la (bendita) saturación de eventos deportivos acompañaban a que el equipo albiazul monopolizara la atención. Pero quedaba por ver el último capítulo de una temporada trepidante y el agradecimiento a los actores que no defenderán el escudo albiazul, que son muchos. Todos querían salir en la última fotografía del curso con una sonrisa pletórica. Lo intentó Jony, el hombre más desequilibrante de la campaña, con un punto de ansiedad casi desconocido. Se hinchó a echar carreras, algunas de ellas inverosímiles. Lo consiguió Calleri, que anotó el noveno tanto de la campaña y dejó el partido sentenciado. Y, por supuesto, Abelardo, quien sufrió un episodio agudo de nostalgia, tan anticipado como contundente.

No era para menos. El discreto cierre, con un partido por momentos espeso y sin chispa, escondía una trayectoria que no se olvidará con facilidad. Y eso que el digno epílogo llegó a estar en peligro ante el Girona, que llegó con aspecto moribundo y un puñado de zarpazos, muy insuficientes para lograr uno de los mayores milagros de la historia de la Liga. Ni siquiera cuando el choque se presenta tan plácido, con la única incógnita de saber si el Alavés finalizará décimo o decimotercero, evita que a uno se le cree un breve nudo en la garganta con un disparo ajustado como el que realizó Soni a la media hora. Pero lo cierto es que las amenazas de la tropa de Eusebio fueron contadas, y más después de que Wakaso, que desempolvó el cañón que llevaba dos años oculto, dobló los guantes a un Iraizoz de estirada tardía.

2 Alavés

Sivera; Vigaray, Laguardia, Navarro, Adrián Marín; Pina Manu García y Wakaso; Jony (Blanco, min. 85), Calleri (Guidetti, min. 85) y Rolan (Twumasi, min. 73).

1 Girona

Iraizoz; Bernardo, Alcalá, Muniesa; Valery, Granell, Pere Pons, Planas (Aday Benítez, min. 67); Soni (Roberts, min. 46), Lozano (Doumbia, min. 38) y Portu.

Goles.
1-0, min.40: Wakaso. 2-0, min.83: Calleri. 2-1, min. 86: Portu.
Árbitro.
Melero López (Comité andaluz). Amonestó a los locales Tomás Pina (min. 45), Calleri (min. 54), Rolan (min. 55) y a los visitantes Sony (min. 33), Muniesa (min. 59) y Planas (min. 66).
Incidencias.
Partido correspondiente a la última jornada de LaLiga Santander (38º) disputado en el estadio de Mendizorroza de Vitoria ante 11.549 espectadores, con varios seguidores gerundenses.

El equipo albiazul había cumplido el ingrato trámite de certificar la defunción del Girona, que estaba ya en fase terminal. La indefinición le acompañó siempre al cuadro catalán, hasta sus últimos minutos en Primera. No sabía muy bien si despedirse con un partido honroso o lanzarse a por una quimera y salir vapuleado. Hasta que la entrada de Doumbia y sus remates de cabeza (ejecutados con una soledad inexplicable) parecieron marcar el camino, el Alavés buscó la sentencia con la energía que le quedaban a sus mejores hombres, hambrientos de una ovación cerrada que después recibieron. Calleri se encontró hasta tres veces con Iraizoz, pero el argentino se marchó con los brazos en alto tras una espectacular galopada de Twumasi y un defectuoso control de Manu que se convirtió en un genial pase de gol.

Amarrar el triunfo

La historia estaba casi escrita, aunque el triunfo incluso peligró por la incomprensible inestabilidad y fragilidad que arrastra la retaguardia del Alavés. La falta de conexión entre Laguardia y Ximo, bastiones infranqueables durante casi toda la campaña, y la falta de rodaje de Adrián Marín facilitaron tres placenteros remates para Doumbia, que se estrelló con el palo y un seguro Sivera. No es que el alicantino rubricara una de esas actuaciones prodigiosas de su mentor Pacheco, pero solventó con aplomo el trabajo que se le encomendó. Solo se le escapó un misil, disparado por Portu, a falta de solo cinco minutos para el final.

Pero para entonces había pasado ya el desfile de Calleri, que se golpeó con cariño el escudo, y de Jony, ovacionado como la estrella que ha iluminado el ataque del Alavés en el presente curso. Bastaba con aguantar el triunfo, aunque fuera mínimo y poco lucido, para alcanzar con una amplia sonrisa de satisfacción la vuelta de honor de toda la legión albiazul. Abelardo no pudo reprimir las lágrimas, símbolo de su etapa más exitosa en el deporte de élite. Y Mendizorroza, sin embargo, ya empieza a añorar el fútbol.