Fútbol

Fiesta de sangre y goles

Los jugadores del Alavés celebran uno de los tantos anotados ante Las Palmas./Rafa Gutiérrez
Los jugadores del Alavés celebran uno de los tantos anotados ante Las Palmas. / Rafa Gutiérrez

El Alavés, afilado tras el descanso, celebra su permanencia matemática a lo grande y sacude con saña a Las Palmas, ya equipo de Segunda

Iñigo Crespo
IÑIGO CRESPO

Tan solo faltaba la fecha y la firma en el documento de indulto del Alavés. El conjunto albiazul sabía desde hace tiempo que su sitio estaría entre los mejores la próxima temporada, pero aún debía esperar a conocer cuál sería el escenario para enmarcar su espectacular remontada, una de las mayores gestas que se recuerdan entre los más humildes de la categoría. Al principio, el equipo de Abelardo asistió al entierro de Las Palmas en su propio estadio de manera tímida, sin querer hacer ruido o ensañarse con la víctima. Pero los vitorianos se volvieron letales tras el descanso, destrozaron a un equipo temerario e inconsciente a pesar de su condena, y se ensañaron para lograr la mayor goleada de la campaña.

El primer tiempo podría resumirse en solo dos jugadas que se libraron de tres cuartos de hora tediosos. La primera, una gran intervención de Fernando Pacheco a un duro disparo lejano de Javi Castellano. La segunda, una réplica más tímida de Ibai que Lizoain salvó en dos tiempos. El encuentro que estaba destinado a hacer historia para ambos bandos, ya que podía certificar la supervivencia del Alavés y la sentencia de Las Palmas, amenazaba con quedarse en una inoportuna página en blanco. Pero solo se trataba de un último aliento del club canario, que sería apaleado durante todo el segundo tiempo. Y no solo por la superior calidad de los albiazules, sino por el clamor popular contra la directiva y un brote de humor macabro en la recta final, cuando los pocos hinchas amarillos que quedaban festejaron el cuarto gol, obra de Sobrino.

0 Las Palmas

Raúl Lizoain; David Simón, David García, Gálvez, Aguirregaray (Nacho Gil, m.46); Javi Castellano; Ezekiel (Hernán Toledo, m.71), Vicente Gómez, Etebo, Halilovic (Jairo, m.46); y Calleri.

4 Alavés

Pacheco; Martín, Alexis, Ely, Duarte; Ibai Gómez (Pedraza, m.68), Pina, Manu García, Wakaso (Guidetti, m.68); Sobrino y Munir (Medrán, m.74).

goles.
0-1, m.51: Munir. 0-2, m.73: Munir. 0-3, m.79: Medrán. 0-4, m.91: Sobrino.
árbitros.
Mario Melero López (Comité Andaluz). Mostró tarjeta amarilla a los jugadores locales Aguirregaray (min. 26) y Gálvez (min. 90), y a los visitantes Duarte (min. 39) y Ely (min. 49).
incidencias.
partido de la trigésima cuarta jornada de LaLiga Santander, disputado en el Estadio de Gran Canaria ante 7.143 espectadores.

En realidad, Las Palmas no creyó en ningún momento que podía lograr una última prórroga para tratar de salvar su vida. El principal síntoma de ello fue el primer gol del Alavés. Wakaso, que salió ovacionado por su pasado en Gran Canaria, fue al choque para proteger el balón con mucha más decisión, determinación y hambre que David Simón. Y al centro del ghanés apareció Munir sin oposición. Ni siquiera se molestaron los defensores en perseguir al máximo goleador albiazul, que remató a placer y zanjó la salvación del conjunto vitoriano.

El gran culpable

Tenía que ser él. A pesar de su extraña sequía lejos de Mendizorroza (consiguió su último tanto ante el Levante en la primera vuelta), el hispano-marroquí ha sido el gran culpable del milagro de Abelardo por su incansable brega, su condición de máximo artillero y por la dependencia absoluta que llegó a desarrollar el equipo hacia él. Las Palmas comenzó entonces a cavar su tumba con fruición. Paco Jémez adelantó su línea defensiva, que no es precisamente veloz, hasta el centro del campo. Enseguida lo vio Abelardo, que introdujo a Pedraza y Guidetti para golpear con un mazo la inocua temeridad de Paco Jémez cada vez que perdiera la pelota.

Pina se bastó para gobernar la zona ancha. Los canarios, de hecho, llegaron a pensar que varios jugadores albiazules lucían el número 18 a la espalda. El manchego desbarató numerosos ataques de los amarillos, dominó el ritmo del partido en todas sus fases y, además, se inventó un pase estelar que abrió la veda en el área de Las Palmas.

El jugador cedido por el Brujas leyó el desmarque de Martín y el canterano vio a cuatro búfalos que vestían como él, sin oposición alguna por el bando insular. Asistencia segura. Bueno, lo habría sido si Pedraza no hubiera interceptado el balón que llevaba grabado el nombre de Guidetti. Por suerte para el Alavés (y para el propio Pedraza, a tenor de los gestos y la mirada del sueco), Munir se anticipó a Lizoain y dio por terminado el combate cuando aún faltaban más de 15 minutos. En ese momento, la permanencia no solo tenía el respaldo matemático, sino que el abismo entre el conjunto albiazul y Las Palmas resultaba incluso dantesco.

Reparto de sonrisas

Pero los de Abelardo siguieron a lo suyo y se dedicaron a disfrutar, libres ya de la insoportable carga que soportaron durante cuatro meses. Para saber de la que se libraron, solo tenían que mirar los rostros de sus contrincantes, la ira y la tristeza que envolvían unas gradas casi desiertas y la falta de respuesta de un técnico con el crédito agotado. El entrenador asturiano se dedicó a repartir sonrisas e introdujo a Medrán por el coronado Munir. El centrocampista cedido por el Valencia, inédito en una convocatoria desde hace mes y medio, quería su pequeña porción de tarta en la fiesta. Y Sobrino, atento y generoso, le cedió la suya a falta de diez minutos para la conclusión.

El Alavés pareció levantar el pie del acelerador por pura humanidad, pero el derrumbamiento de Las Palmas era tal, que los golpes caían ya por pura inercia. Era como un linchamiento general a los canarios al que incluso se unió el mal tiempo con una furiosa descarga de agua en la recta final. Y el delantero manchego, merecedor de un gol por su notable partido, recogió el premio final. El Estadio Gran Canaria lo festejó con sorna y rabia, mientras los jugadores albiazules abandonaron el césped con gesto sobrio y caballeroso mientras tendían la mano a su adversario. La gran fiesta estaba a punto de empezar.

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