Un año de la final de Copa

Cuando el orgullo se abrió paso entre lágrimas

Los jugadores del Alavés agradecen el apoyo de su hinchada tras caer derrotados frente al Barcelona en el Vicente Calderón./Ignacio Pérez
Los jugadores del Alavés agradecen el apoyo de su hinchada tras caer derrotados frente al Barcelona en el Vicente Calderón. / Ignacio Pérez

El subcampeonato de Copa del Alavés, del que hoy se cumple un año, exhibió el sentimiento albiazul en el mundo del fútbol y envió la señal de que la gloria aún es posible

Iñigo Crespo
IÑIGO CRESPO

El Alavés sufre como ninguno los caprichos de la historia. La memoria albiazul concentra los instantes de mayor gloria de manera tan asombrosa que parece introducir a sus aficionados en una montaña rusa cuyos designios son de lo más arbitrarios. Los vitorianos cumplieron una condena de 42 interminables años para ver a su equipo en Primera División en 1998, y tres campañas después, paladearon el éxito más rotundo al que jamás se ha acercado el club. La final de la UEFA en Dortmund fue un cuento de hadas tan descarnado y cruel en su desenlace como significativo para disparar el termómetro del sentimiento albiazul. A ello le siguió una década de continuos vaivenes y una incertidumbre devoradora que concluyó con el ascenso de 2016. Otra vez una larga penitencia, y de nuevo la gloria, siempre tan inaccesible, a la vuelta de la esquina.

La derrota ante el Barcelona en el ya desaparecido Vicente Calderón (3-1), de la que hoy se cumple un año, dejó un reguero de lágrimas dulces por su enorme componente de orgullo. El sueño del conjunto albiazul y de la capital alavesa se prolongó durante casi un año gracias a una temporada sobresaliente en Liga y una ruta insospechada hacia Madrid. La esperanza, en cambio, fue demasiado fugaz, ya que apenas se sostuvo durante 12 minutos, los que separaron el empate, obra de Theo Hernández, de los dos goles que dejaron la final sentenciada para el descanso.

Messi se fotografía con la Copa junto a su familia.
Messi se fotografía con la Copa junto a su familia. / Javier Soriano

La fórmula de silenciar a Messi aún no se ha patentado, y el Alavés apenas pudo evitar que la estrella argentina manejara la final a su antojo. Primero lo hizo con un disparo colocado marca de la casa y, después, con sendas asistencias a Neymar y Paco Alcácer, encargado de suplir al sancionado Luis Suárez. No hubo forma de arrebatar la inspiración al pequeño genio de Rosario, el único futbolista capaz de escribir el guion de un partido a su antojo. Pero ni siquiera las tres puñaladas de Messi doblegaron el corazón albiazul, representado por cerca de 25.000 aficionados, casi el 10% de la ciudad, que se desplazaron a Madrid en el mayor éxodo de la historia del club.

Espectáculo en las gradas

El mundo del fútbol admiró durante días el espectáculo que envolvió las gradas del equipo vitoriano, convertidas en una fiesta continua desde horas antes del encuentro hasta minutos después de que los subcampeones recibieran sus amargas medallas. La kalejira, que se cocinó durante todo el día en la multitudinaria fan zone, era una auténtica manifestación festiva que reivindicaba el derecho a la gloria de un club que había sufrido demasiado en los últimos años.

El espectáculo en las gradas corrió a cargo de la afición vitoriana.
El espectáculo en las gradas corrió a cargo de la afición vitoriana. / Ignacio Pérez

Los rostros de tristeza y orgullo se entremezclaron entre quienes no deseaban portar el metal de subcampeón y quienes concedían la magnitud exacta a la proeza que suponía que un recién ascendido se colara en la final de uno de los torneos más complejos de conquistar por la voracidad que han mostrado el Barcelona, el Real Madrid y el Atlético en los últimos años. En este segundo grupo se encontraba el capitán, Manu García, quien trató de levantar el ánimo de sus compañeros después de cada mazazo y a la salida del vestuario tras el descanso, cuando tomó la palabra en un corro. Uno se preguntaba quién consolaría al centrocampista vitoriano, compañero de escalada de su equipo de la infancia desde Segunda B, mientras ayudaba a ponerse en pie al resto de futbolistas albiazules. «Tenemos que estar orgullosos. Yo me siento ganador. Ver a toda esta afición, a una niña llorando, es algo muy grande», dijo tras la final. Era, sin duda, una señal necesaria para renovar la ilusión por colarse algún día entre los más grandes del deporte.

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