El Correo
Alavés

Una máquina de competir

  • Impetuoso y sólido en defensa desde la jornada inicial, el Alavés corona un inesperado ascenso a base de carácter y gotas de calidad en una auténtica lección de fútbol práctico

Una semana antes del inicio liguero el Alavés protagonizó una chirigota en el Torneo de la Galleta de Aguilar de Campoó. La que concluyó con el delantero David Torres de portero tras la expulsión del cancerbero Pau Torres y un inquietante 0-2 a favor del Burgos. Siete días después, cuando el colegiado Ais Reig pitó el inicio en Huesca, el vendaval albiazul sobre la meta oscense resultó insólito en el cuarto de hora inicial de la Liga Adelante. Aunque a aquellas alturas, todavía en pleno agosto, solo se trataba de un indicio, el paso de los meses iba a confirmar las gratas sensaciones del arranque. Al equipo albiazul, cuando se ha tratado de puntos en juego, había que ganarle, no iba a regalar nada. Que se lo digan al Bilbao Athletic.

A base de orden, sacrificio, ímpetu y una inquebrantable determinación, José Bordalás fue ensamblando una auténtica máquina de competir: el paradigma del fútbol práctico. Acabar las jugadas para evitar contragolpes, presionar siempre sobre el balón, cortar con faltas tácticas cualquier insurrección del rival, forzar al límite los errores del adversario, aprovechar las acciones de estrategia, perder tiempo para respirar en los momentos de apuro... Un pragmatismo, salpicado después con inspiración ofensiva puntual y gotas de calidad, que ya forma parte de la historia albiazul. Así se ha coronado un inesperado e histórico retorno a la Primera División. Diez años y muchas penalidades después.

El éxito se ha fraguado a base de cohesión interna. No solo a través de una idea de juego que la plantilla ha llevado a su máxima expresión, también con un vestuario sin dobleces donde los futbolistas han tirado del carro en todo tipo de situaciones, algunas complicadas, como la visita a Córdoba después de seis jornadas sin ganar y con la amenaza de caer a la tercera posición. En un Alavés que cada verano ventila el equipo con más de una decena de incorporaciones, conseguir un rendimiento inmediato resulta siempre complicado. En esta ocasión, con un once en el que Raúl García, Laguardia, Manu García y Juli han sido los cuatro supervivientes de la campaña anterior que han entrado con regularidad en los planes del técnico. Pero la realidad fue que desde la primera jornada liguera la escuadra vitoriana ofreció una imagen reconocible que prácticamente no ha abandonado. El objetivo de la puerta a cero. Ha sido el primer mandamiento de este ejercicio, el que sin duda ha funcionado después de observar los números globales. No es un gran mérito lograr, de forma circunstancial, que los rivales no marquen en un puñado de partidos. Sí, en cambio, mantener durante nueve meses largos una predisposición para el trabajo defensivo como el mostrado por la escuadra vitoriana.

En definitiva, remangarse cada tarde para cumplir con una tarea ingrata y hacerlo sin reproches, hombro con hombro con la vista puesta en el gran objetivo. Porque cuando el Alavés alcanzó el liderato en Ponferrada antes de las vacaciones navideñas, el discurso de cautela contrastaba con la mirada de unos futbolistas que atisbaban la oportunidad. En una temporada de grandes fiascos y batacazos entre algunos de los equipos con mayorpresupuesto, el grupo de Bordalás, además de derramar sudor, olía sangre desde diciembre.

Gran racha y mochila

Contabilizar los partidos ‘tontos’ de la temporada suele ser un fiel reflejo de la capacidad de un equipo para ser regular. Y en ese capítulo se ha quedado casi en blanco. Porque ante Llagostera (3-0) y Osasuna (3-1) las expulsiones mediatizaron los encuentros. Quizás el choque en Tenerife (2-0) quede como único representante. Pobre partido de un conjunto albiazul que, pese a todo, solo fue sentenciado con un tanto en el minuto 90. Del Heliodoro Rodríguez López, con el equipo en la peor posición del ejercicio, la undécima, y después de encajar goles en cuatro partidos consecutivos, surgió la gran racha. Siete victorias y un empate a caballo entre el final de la primera vuelta y el inicio de la segunda. 22 de 24 puntos. La mochila que sostuvo el cuadro vitoriano cuando llegaron los peores momentos, unos meses de febrero y marzo donde se redujo la energía del equipo, que no su capacidad para buscar resultados de cualquier manera.

Aunque todo ha llegado para este Alavés a través del esfuerzo colectivo, algunos de sus integrantes han protagonizado una temporada sobresaliente. Posiblemente, con Fernando Pacheco y Víctor Laguardia a la cabeza. Cuando más sufría el equipo apareció el guardameta albiazul para despacharse con intervenciones decisivas que salvaron muchos puntos. Es díficil contabilizar cuántos, pero no parece aventurado atribuirle entre seis y diez, es decir, la diferencia para conseguir un ascenso. Incluida alguna tarde mágica como la de Miranda, donde nadie en el planeta fútbol parecía capaz de superarle. Después de lo que el Alavés y su portería han sufrido en los últimos tiempos, el fichaje del exguardameta del Real Madrid no solo solucionó un problema, si no que ha resultado un valor añadido fundamental.

En el caso del central aragonés, un prodigio de regularidad, su progresión sigue adelante. Pura agresividad bien entendida. Porque a la escuadra albiazul, en general, se le puede tachar esta campaña de equipo ingrato o hasta indeseable para los contrarios –faltas tácticas, protestas reiteradas, pérdidas de tiempo, caídas al césped al menor roce del rival en algunos casos...–, que no de otra cosa. Rara vez el juego físico de la escuadra vitoriana ha derivado en una entrada a destiempo o malintencionada, pese a la acumulación de cartulinas. Sí, en cualquier otra cosa relacionada con el manejo de los partidos desde el ‘otro fútbol’. Incluido un balón lanzado al campo desde el banquillo en el descuento del partido de la primera vuelta en Elche. Ese también ha sido el Alavés que ha ascendido.

Una idea muy clara

Igual que el equipo asfixiante y vertical que robaba balones en zonas peligrosas para buscar inmediatamente las bandas y los centros. Jugar por dentro –con el riesgo de perder el balón– se convertía en algo casi prohibido y, en realidad, el Alavés tampoco ha dispuesto de un futbolista en el eje del equipo con la capacidad de enlazar de forma natural con los delanteros. El balonazo cruzado de Laguardia al delantero para ganar las segundas jugadas ha sido la acción más repetida de la temporada.

Todo en base a una idea clara, mejorada o no, en función del partido, por la aparición de las individualidades. Como un Toquero descomunal durante la primera vuelta o un Juli que junto a Bordalás ha encontrado su mejor versión para enamorar a Mendizorroza con ese cóctel de entrega y calidad. Raúl García con su vena goleadora, la solvencia del veterano Pelegrín, la sobriedad de Carpio, el desborde de Femenía y Dani Pacheco, el alma de Manu García y el oficio de Mora, la garra de Bernardello. Todo ha contado para un equipo al que no le sobraban efectivos y donde el buen ambiente interno siempre ha sido un plus. Igual que el trabajo físico con un equipo pletórico en el final de temporada en una campaña que se ha distinguido por la ausencia de lesiones importantes. Difícil es recordar otro ejercicio similar, donde apenas pequeños problemas musculares han azotado a unos futbolistas que acumulaban numerosos minutos de juego ante las reticencias de Bordalás a salirse de los doce o trece jugadores que han soportado casi todo el esfuerzo.

Ya en el tramo final, después de cuatro jornadas sin ganar, la agónica victoria ante el Valladolid, con gol del canterano Llamas, el importantísimo triunfo en Alcorcón y la épica en Barakaldo colocaron al Alavés camino de Primera. Hasta el último paso dado ayer para volver a la máxima categoría diez años después. Mañana, todo vuelve a empezar, esta vez con otra dimensión. La de los mejores.