El Correo
Deportivos Alavés

El Alavés sucumbe ante el genio

  • Dos goles al borde del descanso acaban con las esperanzas tras el empate de Theo en una final que desequilibró un Messi imperial

No por previsible resultó menos demoledor. Lo que podía pasar sucedió ayer con naturalidad para privar al Alavés de cualquier opción de pelear por la Copa del Rey. En unos instantes clave antes del descanso, cuando el golazo de Theo había restablecido el empate, el cuadro albiazul, por momentos demasiado alterado en un escenario nada común, cometió un par de errores puntuales. Leo Messi, que ya había anotado el primero para demostrar que se encontraba varios escalones por encima del partido, encontró espacio y tiempo para pensar. De sus botas salieron dos asistencias precisas para seccionar en dos la defensa vitoriana y propiciar los goles de Neymar y Alcácer. El Alavés sucumbió ante el genio, que volvió a frotar la lámpara, y pese a los arreones de orgullo durante la segunda mitad no le alcanzó ya para meterse en el partido.

Después de una victoria (1-2) y una derrota (0-6) durante la temporada liguera, la final de Copa determinó más o menos dónde se encuentra la diferencia real entre el gigante azulgrana y un Alavés que volvió a mostrar su cara comprometida. En un marcador que pudo ser más amplio, pero también estrecharse en el tramo final del choque.

El cuadro albiazul conocía y soñaba con un partido perfecto, ese donde las filtraciones defensivas se arreglan con paradones o palos y todas las ocasiones propias finalizan en la red. La ecuación no cuadró. El Barcelona resultó superior en líneas generales, amparado en su capacidad técnica e individualidades, y cuando el partido dio un giro con el empate, tampoco existió control alavesista.

Pellegrino se había reservado una sorpresa en la alineación. No fue en el dibujo táctico. Como parecía claro ante un adversario de esta entidad, resguardó la defensa con un tercer central. La tarea que, con Laguardia lesionado, recayó en Carlos Vigaray. Su entrada en el once y la salida de Toquero, que ni siquiera entró después, se encontraba en casi todas las apuestas, pero no el segundo movimiento para este partido decisivo. El preparador argentino prescindió de inicio de Camarasa, una situación inédita durante esta campaña, y colocó sobre el césped a Edgar Méndez. El futbolista que con su tanto ante el Celta en Mendizorroza había situado al conjunto vitoriano en esta cita. No fue la tarde del canario. Casi siempre atropellado con el balón y al borde de la expulsión tras el descanso. En realidad, al conjunto alavesista solo le dio para sostenerse como equipo, porque sus individualidades apenas aparecieron. Solo el golazo de Theo, que en su despedida como jugador del Alavés marcó en el estadio Vicente Calderón, el césped que no ha llegado a pisar como jugador del primer equipo del Atlético de Madrid.

Repliegue y ocasión de Ibai

En el Barcelona las cuentas cuadraron con la escuadra titular, ya que Luis Enrique tampoco disponía de muchas más opciones. El entrenador asturiano se decantó por situar en el carril diestro de la zaga a Mascherano, que al igual que Piqué se habían recuperado de sus problemas físicos.

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El resto del equipo, sin modificaciones tampoco, con Alcácer en el eje del ataque por el sancionado Luis Suárez. Aunque poco después del comienzo, la lesión de Mascherano tras un encontronazo con Llorente ubicó como lateral improvisado a Andre Gomes. Después, en el tramo final hubo incluso tiempo para la reaparición de Aleix Vidal.

Antes, un arranque de partido donde quedaron claras las posiciones y las intenciones desde el primer minuto. El Alavés se perfiló replegado, cerca de su área y con toda la intención de dejar venir al Barça y tratar de salir con velocidad al contraataque. Con Deyverson, su futbolista más adelantado, en ocasiones diez metros por detrás del centro del campo. Una disposición que solo se alteraba momentáneamente cuando Cillesen sacaba de su portería. Pellegrino había ordenado, como es habitual en los rivales del Barcelona, apretar uno a uno en esas ocasiones. El planteamiento se sostuvo con firmeza durante el primer tramo, aunque Messi ya avisaba de que su zurda era ajena a todo lo que sucedía a su alrededor. Pese a que Llorente y Manu García se esforzaban en taponar la zona central. El dúo de mediocentros, pese a su descomunal esfuerzo, resultó incapaz de contener a tanto Messi.

Fue un Alavés unidireccional en ocasiones, hasta que después tuvo que soltarse en ataque por obligación, pero que también lograba intimidar en sus salidas rápidas en el inicio. Eso sí, sin encontrar precisión en esas estampidas, casi siempre precipitadas y en oleadas que rompían en las botas de Piqué o Umtiti. No funcionaban las transiciones, pero sí los picotazos. Un par de acciones con peligro y sobre todo un robo de Ibai cerca del área que que acabó con disparo al palo y el balón rodando sobre la línea sin colarse. Fue la gran ocasión de colocarse en ventaja. Cerca de la media hora, con un Barcelona enredado en la malla alavesista que se pegaba a sus botas. Poco después, el partido saltaría por los aires. No hubo vuelta atrás después de los minutos finales del primer tiempo, que todo lo decidieron.

Cambios y reacción

Se presentaba por delante la amenaza de resultar devastado en la segunda mitad. Porque Messi salió en la misma onda. Su centro al segundo palo lo remató Alcácer y Pacheco salvó el cuarto. Era hora de intentar reaccionar y Pellegrino tiró de Camarasa y Sobrino para alterar el guión. Ni Edgar ni Ibai, con problemas para conjugar el juego de ataque y el necesario repliegue por las bandas, salieron en cualquier caso agotados. A Sobrino le correspondió la tarea de agitador, aunque tampoco atinó en el remate. Camarasa y Romero fueron los últimos cartuchos. No era la tarde de los albiazules en el remate, algo que tampoco podía considerarse una gran sorpresa. Un Alavés a su nivel habitual, que ha bastado para realizar una competición liguera espectacular, no es suficiente ante un rival de esta altura y un Messi simplemente en otro nivel.

El cuadro vitoriano, ya con Theo fuera por una sobrecarga y regreso a la línea de cuatro defensas con Vigaray por la izquierda, cargó con lo que podía. Saques de banda largos, algo más de balón ante un rival que aguardaba las contras y por momentos jugaba al billar con la pelota. Eran instantes para buscar el 3-2 que no llegó. Entre el clamor de una hinchada albiazul que nunca se resignó, ni siquiera cuando finalizó el partido. Entre calambres de casi todos los futbolistas albiazules y un Barcelona que volvió a rozar el cuarto, se extinguió el sueño.

La jornada había sido durante muchas horas antes un canto al alavesismo en el mayor desplazamiento en la historia del club, con prácticamente un 10% de la ciudad o un 8% de la provincia disfrutando en la que ayer era la capital del fútbol. Alrededor de 25.000 aficionados albiazules habían pasado por el horno madrileño de 35 o más grados para tratar de cocinar a fuego lento una noche inolvidable. Pero el carrusel de emociones de una jornada inolvidable se paró en la estación de la realidad. Cuando Leo Messi recordó a los albiazules, cómo ha hecho con tantos adversarios en los últimos años, las siderales diferencias que él marca.

Durante unos minutos, unas horas o quizás todavía unos días no habrá consuelo real para un alavesismo que se dejó cada centímetro de piel azul y blanca sobre el césped del Vicente Calderón. Pero llegará después la calma y la constatación que esta final de Copa, como sucedió en Dortmund, se convertirá en un recuerdo imborrable. También el razonamiento sereno de que la lógica acabó con cualquier posibilidad y, en la temporada del regreso a la máxima categoría, la final de Copa ha resultado un regalo superlativo para una afición que crece y crece en los últimos años. Por delante ya, el atractivo y complicado reto de que el Alavés sea capaz de consolidarse en la máxima categoría. Y que algún día, cuanto antes si es posible, otra pancarta en Mendizorroza recuerde a los que digan que el equipo vitoriano no va a jugar otra final, que la tercera ya ha llegado.

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