El claro deseo de abatir al león

Desde esta orilla no existe un derbi más apetecible para ganar; allá ciñen la rivalidad vasca a los encuentros contra la Real Sociedad

Pedraza y el alavés De Marcos pelean por un balón en el partido de San Mamés. /J. Andrade
Pedraza y el alavés De Marcos pelean por un balón en el partido de San Mamés. / J. Andrade
ÁNGEL RESA

En las relaciones entre Deportivo Alavés y Athletic Club, fundamentalmente por la forma que sus respectivas aficiones tienen de fijarse o ignorarse, cabe apreciar buena parte de los rasgos sociológicos que distinguen a las dos capitales o provincias representadas a través de ellos. Antes de que el 'boom' traducido en la fiebre albiazul del fondo de Polideportivo asemejase tal grada a un híbrido de platea argentina y orfeón británico, los seguidores locales más veteranos rumiábamos una desazón en silencio. Generaciones enteras que ya conocen en qué consiste el oficio de abuelo/a o están cerca de saberlo intercambiaban cromos las matinales de domingo en la Plaza de España. En aquellas colecciones siempre faltaban los nuestros que diría Bilardo y, por consiguiente, tampoco había modo de meter en un trueque el sencillo escudo ni aquel vetusto estadio de Mendizorroza. En cambio, entendimos desde críos la condición divina de Iribar, omnipresente, venerado y con poder absoluto.

Pues un porcentaje abrumador de aquel alavesismo anímicamente tocado, que nunca hundido, pensaba que jamás sostendría la mirada de frente y sin pestañear al león. Salvo que el azar caprichoso que caracteriza a los sorteos de Copa emparejara a ambos equipos con un duelo aquí y otro en el viejo San Mamés. Los simpatizantes del Glorioso mirábamos al vecino con los ojos oblicuos de la envidia, que nunca es sana. De habernos dado por la lectura de autoras clásicas la selección podría comenzar con 'Orgullo y prejuicio', obra de la inglesa Jane Austen. Tal vez ese título resume en su brevedad la altanería rojiblanca que considera única en el mundo a su entidad y las desconfianzas asimétricas entre Athletic y Alavés. Cierto que desde esta orilla no existe un derbi más apetecible para ganar, como que allá ciñen la rivalidad vasca a los dos encuentros anuales con la Real Sociedad.

Alaveses rojiblancos

Pero nada resulta inmutable en esta vida, cuya única certeza consiste en ceder un día el testigo a la muerte. Los tiempos cambian que es una barbaridad, cuentan los sorprendidos por los avances, y en materia futbolística corren buenos tiempos para nuestra lírica (y épica). Vayamos inflando el pecho. La campaña pasada se saldó en los choques directos con un combate ganado a los puntos: 4-1 por el empate de Bilbao a cero patatero y el triunfo local con misil de Theo Hernández, aquel lateral que cabalgaba la banda izquierda como un potro indomable y ahora apenas ve el sol por la sombra que proyecta la melena protuberante de Marcelo. Y ahora toca recibir al adversario vizcaíno, ojalá que ejerciendo en buena ley y orden el papel de anfitriones, con un punto de ventaja a falta de dos fechas. O sea, y traducido a la aritmética parda, que si el cuadro del 'Pitu' vence al del 'Cuco' terminará la Liga Santander por delante del conjunto rojiblanco, condenado este en tal caso a cerrar la tabla de los equipos vascos. Algo que en Vitoria convalida satisfacciones y cuelga sonrisas de anuncio dental.

Siempre que esos alaveses profesen la religión albiazul, claro. Porque hay que reconocer la existencia de hinchas rojiblancos con residencia aquí y carné del Athletic en el cajón de la cómoda. Y qué decir de la mayoría absoluta que ejerce el club de Ibaigane en Llodio, Amurrio y toda la comarca. O las peñas al sur del territorio histórico, con la de Laguardia tan vinculada a Óscar de Marcos. Hay circunstancias que aquí se han llevado mal, como el trasvase de jugadores criados en la flaca cantera del Deportivo al vecino con el que mantiene relaciones tensas. Aunque algunos fichajes como el de Sívori o el propio 'hombre para todo' de la Rioja Alavesa hayan dejado dinero en las arcas estrechas de Mendizorroza. Es tal la revancha con ese Botxo que tradicionalmente mira a La Llanada por encima del hombro que ni siquiera los millones de pesetas que transfirió San Mamés para evitar el cierre albiazul endulzan el deseo irrefrenable de abatir (deportivamente, quede claro) al león.

«Hablando de fútbol habremos de reconocer que corren buenos tiempos para la lírica (y épica) del Glorioso»

Conviene retomar el momento adecuado para los intereses del Glorioso en el que el equipo vizcaíno ha de realizar el corto viaje a Vitoria. Y es que accionistas, abonados y simpatizantes del conjunto que entrena Abelardo aún mantienen esa cara perenne y beatífica tras la exhibición portentosa y sutil de Ibai Gómez en La Rosaleda. El futbolista de Santutxu con pasado rojiblanco y presente albiazul al que nos parece sentarle mejor la camiseta del Deportivo que la del Athletic. Llamen a este modo de ver efecto óptico o querencia. Como la de entender que el Alavés se mide desde una sensación mejor de bloque a un rival algo desnortado y con buenos jugadores, indudablemente, que sufren la ausencia en su banquillo del exalavesista Valverde. Flota en el aire el anhelo de derrotar al vecino mediante, quizá, una banana de Ibai con el exterior como las que enviaba Badiola a finales de los setenta.

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