Real Sociedad - Alavés

La armonía imposible de la Real

Los jugadores de la Real Sociedad festejan un tanto frente al Valencia. /Acero
Los jugadores de la Real Sociedad festejan un tanto frente al Valencia. / Acero

La desesperante falta de consistencia en su juego, la fuga de Iñigo Martínez al Athletic y el disparate de la portería han arruinado una campaña que parecía cautivadora

IÑIGO CRESPO

Los aficionados de la Real Sociedad se frotaban las manos (y los ojos) cuando veían a su equipo en el podio de la clasificación de Primera tras una serie de brillantes exhibiciones. Los más precavidos y cenizos advertían de que Eusebio Sacristán debía apresurarse a cerrar la puerta trasera, donde los donostiarras encajaban una sangría que pronto se volvería insostenible. Pero privarse de la euforia que transmitía el conjunto más alegre de la Liga era demasiado pedir para un público sufridor, que no podía evitar mirar de vez en cuando la cicatriz que le dejó su último descenso a Segunda como medida preventiva. Aquella fulgurante irrupción apenas se prolongó durante un mes y las señales de la decadencia que se silenciaban con goles se volvieron palpables y desquiciantes, hasta convertir un curso prometedor en una depresión remediable.

Desde que regresó a Primera División en 2010, la Real ha priorizado en sus fichajes la calidad por encima de defensores aguerridos, centrocampistas de sangre caliente o delanteros de colmillo afilado en la presión. Ha construido un grupo de finos artistas como Januzaj, Willian José, Canales, Juanmi y, por supuesto, Carlos Vela, que abandonó San Sebastián en enero. A ellos, además, se han unido los alumnos más aventajados de su escuela, cortados por el mismo patrón. Pero el talento ciego puede evaporarse sin la disciplina y la perseverancia, y es justo la indolencia lo que más ha irritado a la hinchada, que se ha atragantado con derrotas inexplicables y errores defensivos grotescos hasta su caída a la zona anodina de la clasificación.

Pero más allá de los decepcionantes resultados, insuficientes para mantenerse un año más en Europa, la Real Sociedad ha padecido una secuencia de golpes que le han impedido mantener y reforzar su columna vertebral. Rulli, que flirteó con su salida al Nápoles en la recta final del verano, ha vivido su temporada más calamitosa hasta caer lesionado. Y Toño Ramírez, su sustituto, comprobó cómo su esperado debut en la élite se ha transformado en un auténtico tormento tras quedar señalado en las derrotas ante el Villarreal y el Valencia, en las que encajó seis dianas. La incorporación de Miguel Ángel Moyá como medida de emergencia en pleno febrero explica a la perfección el nivel de desconfianza que transmitía el portal blanquiazul.

Una salida traumática

El despropósito de la portería llegó cuando la marcha de Iñigo Martínez al Athletic todavía escocía en el entorno realista. El defensor de Ondarroa figuraba ya entre los principales líderes del vestuario, se había formado como futbolista en Zubieta desde niño, era uno de los mejor pagados y el único que mostraba pundonor cuando el equipo se tambaleaba. Su fuga al eterno rival, por lo tanto, supuso un auténtico mazazo para el grupo, la directiva y, por supuesto, la afición, que se quedó con las ganas de pedirle explicaciones por su rápido cambio de bando, algo que prometió que no haría jamás. El hecho de que escogiera Bilbao como destino, además, hizo que reaparecieran los viejos fantasmas del pasado siglo, silenciados desde la época de bonanza económica que atraviesa la entidad txuri-urdin.

La Real recurrió a Héctor Moreno como parche a Iñigo Martínez, aunque es probable que realice una gran reconstrucción en verano con el dinero de la cláusula de rescisión del vizcaíno, de 32 millones de euros. Y es que la decepción que ha supuesto la campaña no solo se ciñe a la Liga, donde marcha decimoquinto con 30 puntos, uno menos que el Alavés, su rival de mañana en Anoeta. Los donostiarras quedaron apeados de la Copa del Rey por el Lleida, de Segunda B, tras una remontada sonrojante en Anoeta, y se despidieron de Europa en la primera ronda de eliminación, ante el Salzburgo. La Real, por lo tanto, se encomienda ahora a finalizar la temporada de la manera más plácida posible, y, en caso de lograr un sprint formidable, mirar a la séptima plaza, casi inalcanzable.

La necesidad de reconducir su proyecto a partir del verano resulta ya indudable en la entidad guipuzcoana, que ha perdido a uno de sus grandes estandartes, da por casi irrecuperable a su guardameta titular y pide a gritos recambios específicos para sus mejores hombres si quiere disputar más de 40 partidos. Illarra es un faro imprescindible cuyo clon todavía no se ha descubierto, Willian José, ahora lesionado, aún no ha encontrado un relevo válido en la faceta goleadora y el lateral izquierdo no cuenta con un dueño claro desde la venta de Yuri al PSG.

La gran incógnita, además, se encuentra en quién dirigirá la renovada nave, ya que Eusebio Sacristán ha perdido defensores a ritmo de vértigo en la junta directiva y, por supuesto, en la grada, cansada de ver que el deseo por asentarse en Europa pertenece a una realidad paralela e inaccesible.

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